Nairobi

“La vergüenza tiene mala memoria”
Gabriel García Márquez

Nairobi 198

…La manos sobre el lavabo, trazaba su andar de caracol siniestro y fluía en una viscosa sustancia, cerraban en una estela roja sanguínea en un sendero centrífugo implacable. Daniel se encontró con un solo pensamiento entre tantos muchos otros posibles en ese momento:

– ¡Julius tenía razón! debí escucharlo!-.

Era muy tarde.

Julius era su amigo desde que tenía recuerdos de algo, fue su compañero de viaje trepados a la caja de un camión desvencijado desde Nakuru, a probar suerte en la capital, algo común por esos días, días en los que las corrientes migratorias eran una forma de vida, para los que buscan sobrevivir en la parte más informal de la economía Keniata. Pasaron tres décadas de ese viaje lago y polvoriento en el que dos jóvenes esperaban conquistar la capital, cosa aún más corriente a esa edad, a este presente lleno de miserias. Julius y Daniel se distanciaron hace poco más de un año, al mismo tiempo que Daniel comenzara a perder el rumbo apostando en los naipes por dinero, el poco tesoro que llegaba a con los magros trabajos ocasionales que lograban conseguir. Hace ocho años que Daniel vive con Nataly a quien conoció  cuando trabajaba de fontanero en una casa encumbrada en la parte rica de la capital, ella; la doméstica de esa opulenta familia. Se entendieron desde el momento primero, en eso imposible de diferenciar entre el amor o el imperio de la urgencia de dos que se necesitan para combatir el aciago diario de una jungla cementada. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos, el buen sexo y el tácito pacto de no hablar de un pasado olvidable, así como la ausencia de proyectar un futuro imprevisible, hicieron pasar de a uno todos los días entendiendo que cada uno conseguía, al final de cada jornada contar un remanso de calor y cariño, en ese pequeño PH que los dos sin decirlo nunca, procuraron llamar hogar. No tuvieron hijos, esa negación radicó en  un acto de conciencia. Los celos de Daniel llegaron súbitamente, sin sospecha ni aviso, amanecieron en los días de la pareja como un sol quemante que desaguó sin piedad los frutos conseguidos más por la constancia que la propia virtud. De los celos, meras hipótesis de él, siempre unilaterales e inconsistentes, a la violencia, el movimiento fue aún más rápido, así en cuestión de días, las discusiones antes esporádicas se volvieron usuales y el primer golpe rápidamente arrepentido, extirpó un límite que no regresó.

Ilustración: Beto Ledes

El crimen fue replicado por los periódicos y algunos canales de televisión, la brutalidad del mismo ganó espacio en las letras de molde. Daniel no atinó siquiera a esgrimir defensa alguna ni escapar luego de su crimen. El caso atrajo como comenzaba a suceder por esos días todo de si, entre esa multitud de morbosos, guardianes de la ley y la moral, opinadores y demás, se acercó también un joven abogado que en pos intentar demostrarle a su propio padre su porte, abandonó ahí  buena parte de su ética, atendiendo a sus habilidades innegables este joven leguleyo obtuvo la posibilidad de dejar a Daniel con una libertad en sus manos, tan inmerecida como fluida para él. Apenas unos meses en prisión le dieron la puerta abierta a un mundo que le era tan desconocido como si no lo hubiera visto ni transitado nunca.

Daniel esa misma semana en la que le concedían la libertad, mientras el joven abogado se abrevaba el triunfo sobre todas las teorías posibles, partió dejando atrás todos y cada una de los detalles de esa vida. Cerró una puerta con todo dentro.

Se estableció en el sur de Italia, nunca llegó a aprender el idioma de manera fluida. En una ocasión meses luego, quiso enviar unos pertrechos a una ciudad cercana, a los días la encomienda volvió a su departamento, el empleado del correo trató sin mucho esmero y con menos éxito explicarle que no se comprendía quien era el destinatario, su mala grafía dejaba expuesta su falta de educación. Esa fue, luego de tanto por lo que tener razones, la única vez que sintió algo que identificó como vergüenza.

 

Argentina 2008

La frialdad de Buenos Aires no se compara con nada, esa poesía que tan bien arrastraba por el papel Borges, aplicaba con su humedad y su somnoliento mal olor de a ratos en cada cuadra, Luis caminaba porque lo prefería, no le gustaba el Taxi, las tantas y muchas cuadras diarias le producían dolor, que semana a semana se punzaba como una aguja en sus articulaciones desmejoradas por la artrosis. Un hombre con tantos recuerdos que a cierta edad solo pueda ver los más lejanos, revela cierto código de autodefensa,  claro y necesario además. Luis además sabía de guardarlos, cuidar los recuerdos como si fueran secretos y encerrarlos en más lejano rincón de la cabeza, hacerlos desaparecer como si no estuvieran. Y los secretos de Luis no solo eran para él, tenía un particular concepto de la verticalidad y la manera de obedecer, tal como y por el tiempo que se lo pidieran, jamás nada saldría de su boca que no fueran ahora los inocuos recuerdos de su San Justo natal, donde las historias de su madre y las peleas con sus hermanos de niños, serían la meta circular de todos sus relatos. Los pocos amigos de esta última etapa de su vida apenas sabían algo de él, más que ese bucle de siempre que implicaba escuchar por mil la misma parte de la historia. Entre esos recuerdos lejos en el cultivo de su mente, no estaban los pugnados al olvido obligado.

Ilustración: Beto Ledes

Aun viviendo la adolescente parte de su vida con tan solo doce años, recaló en la capital, llego a la casa de un tío suyo que le había prometido un trabajo seguro y próspero en una fábrica de heladeras, promesa que cumplió y durante un tiempo lo prometido fue el destino de ese niño aun no entrado ni de broma en un adulto formado, durante un tiempo todo estuvo bien. El trajinar diario de un niño que gana el dinero de un adulto quizás no lo dejó formarse, lejos de casa, de sus padres y bajo el avunculado de ese hermano de su madre, muchas normas fueron laxas y sin ejemplos claros, bien podría haber terminado peor, pero Luis de naturaleza ordenada, solo quería poder contar con las rupias necesarias para no padecer lo que sus padres en Santa Fe, el hambre fue algo que juró batallar en su vida, si no podía en la vida de los demás no importaría, pero en la propia no. Así fue que viró a ese destino, de placeres simples y gustos módicos, le resultaba fácil hacerse de lo necesario, cuando la fábrica cerró Luis ya contaba con algunos ahorros, los que ni siquiera tocó porque por medio de recomendaciones rápidamente llegó a otro empleo, allí en un taller mecánico conoció a un oficial de policía que tenía el mismo apremio por escapar de la pobreza, no por real sino por el temor que lo aquejaba, un temor endémico que había acosado a toda una generación de padres que hicieron crecer hijos cuyo norte cotidiano resultaba de volver a casa con unos pesos en el bolsillo. Este oficial de policía, quizás por esas necesidades no habladas que hermanan a los que la misma clase, le tomó pronto gran afecto y así le consiguió rápidamente un pase a la fuerza, se conocía que este oficial gastó más de un favor en el ingreso de Luis a su nuevo –y que sería definitivo trabajo- puesto que Luis apenas sabía contar, en su vida no había ni tiempo ni deseo de salir del analfabetismo, aun así sus modales  anchos, propios de quien sabe copiar a quien debe para quedar bien, lo transformaban no en un rústico hombrecito sino en ese ladero callado que sabe cuándo reírse del mal chiste del jefe y cuando hacer la vista al costado para no ruborizarlo. Todo estuvo muy bien durante un tiempo, la paga era relativamente buena y todos le tenían gran aprecio, por su manera de estar silente o por que se sabía tornar necesario para las cosas en las que se debía confiar, se sabe que en algunos momentos quien olvida, o hace como, y además lo torna creíble, puede ser poco menos que impresionable, si a esto le sumamos que sabe refractar las órdenes sin chistar y responde a un llamado en la pensión a cualquier hora para cualquier requerimiento, es para muchos el hombre ideal. Fue así transformándose en la mano derecha tácita y sigilosa del comisario, hombre ambicioso tanto de dinero como de ser  sujeto a las miradas del poder.  Luis en 1974 clavó un estaca en su memoria sabiendo que todo eso que sucedía cuando lo requerían de improvisto en la pensión debería ser olvidado o recluido más lejos en su cabeza de lo lejos que quedaban los demás. Le quedó poca vida tanto por vivir como para recordar, al volver a la democracia el comisario le dijo que se guardara un poco y fiel a su modo de obedecer lo hizo sin chistar, trabajó un poco en changas para nunca tener que tocar sus ahorros.  Y todo como si nada por tres décadas, ahora a sus amigos del bar solo les contaba de su madre y sus hermanos de niño en Santa Fe, aunque casi nada le resonaba, ni su caras siquiera.

Hace cosa de un mes una mujer comenzó a trabajar en el Bar al que Luis acude luego de caminar largo casi todas las tardes, conversaron mucho y hasta la  acompañó a su casa, so pena del desvío a la propia que eso le implicaba, la última vez ella coquetamente le dejó un sobre en la mano y se esfumó cerrando la puerta de la cancel tras de sí. Luis mira esa carta desde hace dos noches, sabe que esos símbolos significan algo, imagina que puede ser de muchas maneras, cada vez que cierra el sobre y decide quedarse en su habitación en lugar de ir al Bar, experimenta algo que no conocía ni recuerda siquiera de todos los anaqueles que tiene cerrados en su memoria, el calor en la cara que no es de fiebre, es de vergüenza.

Hasta no hace mucho cuando todo parecía un poco más fácil…

Hasta no hace mucho cuando todo parecía un poco más fácil, hasta hace poco cuando la ironía se suponía en un radio de acción pequeño y los chistes se resumían a los pocos siempre, hace no tanto cuando aún el anonimato total suponía un trato simple sin abrazos desconocidos, cuando escribir un texto como éste suponía un desahogo íntimo y no una lectura de varios, hasta hace menos de un año cuando aún las fotografías estaban reservadas solo para los onomásticos, cuando todo era menos y más despacio; todo pasaba igual… pero pasaba lejos, le pasaba a otros, otros eran los hijos, otros eran los que pedían en las calles (aunque a veces yo también) otros eran los penitentes, los débiles devenidos en fuertes sin opción, los llantos de maquillajes corridos y no, otros eran, aunque familiares, siempre otros eran. Hasta no hace tanto cuando buscaba lo que no sabía y encontraba lo que más quería sin saberlo, muchas cosas dejaron de pasarme a mí y le pasaron a otros, otros abrazos, otros llantos, emociones en tercera persona que recapitularon todo el caminar tranquilo de un anónimo solo, que ahora camina rodeado de una familia tutelada por la alegría serena de dos abuelas grandes con la juventud de todos. Y “todos”, en esa palabra completa llena de nosotros y plena de ellos con tan poco de “yo”.

Luego de la llamada del quinto día de agosto, de la cara en todas partes, de los abrazos interminables, de la alegría desbordada, la vida misma –la única que tengo y tuve– pasó a una velocidad inusitada y vértigo sin control, con pausas inesperadas, visitas inusuales, cariños íntimos tan inesperados como naturales. Ahí, en esos meses rápidos –que aún no han amainado, sólo acostumbrado– quizás por la naturaleza de la vida recobrada, el encauzarme el seno de dos familias hermosas sin salir de la mía propia, ha logrado sin solución de continuidad que todo eso que antes le pasaba a todos me suceda a mí, la humanidad como ese grande y variopinto conjunto de seres –fueguitos, parafraseando a Galeano, ido hace unos días– que habitan este mundo grande y fecundo para todos, es ahora lugar más cercano y propio; la pertenencia próxima logra igualar alegrías y dolores, empatar las emociones y entenderse vivo en el otro. Así entendí que mucho de lo que a otros le sucedía también a mí me sucede, sensación encontrada si las hay, porque uno no presupone la solución para los problemas de todos, a veces ni los de nadie. El 26 de septiembre había pasado casi un mes desde haber comenzado a entender alguna de muchas cosas que me vi en entender, supe con el rabillo de la mirada –puesto el foco en lo mucho que sucedía en esos días– algo que pasaba lejos de mi aldea, pero ya no lejos… sentí también sin poder explicarlo aún, que eso no le pasaba solamente a los familiares de los cerca de 57 personas sobre las cuales poco o nada se sabía, y aun casi nada se sabe, eso nos pasaba. Entendí en ellos el dolor de la mirada de los míos, encontrando empatía por haber visto lo mismo a tres décadas de distancia, y supe que esos horrores no se borran ni se espantan. Supe también en medio de la agitación de varios viajes, cuestiones varias en los comentarios cercanos sobre un poblado del que nunca había oído nombrar, Ayotzinapa, una tierra vuelta triste.

Quisiera se entienda, tal como he entendido yo a más de tres décadas de vivo, que la vida nos pasa a todos, y todos estamos aquí para lo mismo; primeramente para vivir y nadie ha de abrevarse el derecho a impedirlo. La vida es el tesoro mayor que tenemos y no está hecha ni de todo el oro del mundo, porque ni todo el oro del mundo, blanco dorado o negro, puede jamás volver a fundirse en una sola vida humana. Entenderemos esto más tarde o más temprano, comprenderemos que la vida no es mía, pero la vida de ellos también es mía, y sabiendo así entenderemos que esos antes ajenos 43 estudiantes somos nosotros mismos en otro cuero, que ahora no están y es una manera muy triste de no estar nosotros tampoco.

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Estrellas Fugaces

A uno de esos ciudadanos del mundo que ha parido la bien argentina tierra salteña, Timoteo “Dino” Saluzzi, lo he escuchado decir más de una vez en sus conciertos que “la música es un milagro”, y no se refi‚ere a lo extraordinario de su fenomenal hechura o ni siquiera cómo el hombre ha descubierto desde mucho ya cómo hacer del silencio, con sonidos y silencios, un latifundio que no existe en la naturaleza, algo que quizás se pueda atribuir como el mejor –sino el único– invento de la humanidad. Dino se refi‚ere en sus dichos a la intención de comprender la música como un ser vivo, cual una criatura especial y única que se da en aparecer dichosa solo cuando un instrumento infla el pecho, o cuando una bordona tensa su alma interna en el temple justo y ahí se queda un rato mágica y única. Porque hacer la música, hacerla como el amor se hace, no es insertar una afi‚nación correcta en una métrica estable, ni tampoco es, sabiendo los arti‚ficios de la profesión, acomodar sonidos en escalas temperadas y realizar arquitecturas numéricas que den como resultado una prolija producción de reglas y estilos, no: la música es (según Dino y muchos más) un milagro, que como buen milagro, es cuanto menos esporádico, que es tan esquivo y tan melindrosamente selecto con sus receptores, que facilita con su sola visita, un equilibrio al mundo. De pronto puede darse a ver o mejor dicho darse a oír, ante el mayúsculo y mejor de los intérpretes o ante un acalorado beodo en una peña pampeana, a veces es extrovertido ese don y aparece en lugares concurridos a la certera cuenta de la oportunidad mejor del músico, y otras es introvertido y solo y se da en el cuarto más rehuido de un estudiante de música para alentarlo a más. Así es por esto que quienes entienden y saben del don lo sienten cuando está, lo ruegan para los conciertos mejores y las grabaciones oportunas, lo pedimos, si… pero no hay recetas, así de huidizo/a es y sabemos a nuestro pesar que ahí descansa su mayor encanto, día a noche cientos de miles de músicos en el mundo afilan su espíritu y entonan sus dedos pidiendo por eso que pasa cuando la música pasa. Lo realmente extraño sucede luego de que sucede, cuando ha entrado la música como un sopor por sobre uno de nosotros y ha levantado los dedos de los lugares incorrectos y se la ha demorado las notas adelantadas para que estén perfectas, ha estado en la garganta del cantor entonando y tensando, en el ritmo mejor y ha reposado en la concentración del que oye, ahí la tenemos sublime e indiscutible.

Siempre queremos que vuelva, se torna ya como una droga que no se compra en ninguna tienda. Todos los músicos del mundo pensamos que hay unos pocos músicos que invariablemente llevan el don a su lado, que en todas y cada una de las veces que recorren los teclados, entonan las frases o plasman pentagramas futuros ahí está… pero no, todos los músicos también sabemos que no es así, aún los que siempre esperan pacientemente con todo su talento de prosa y de pluma, con sus miles de horas de práctica en taburetes incómodos, perpetuamente han de depender de esa merced esporádica y socialista como no hay otra, que a„ora sin razón aparente, es el día y la noche de hoy y la de mañana de mañana donde cada artista enfrenta ese miedo, el miedo no ser rozado ni siquiera por la cola lejana de la estela de esa estrella fugaz que es la música.

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A Fuego Lento…

Rodolfo Mederos, un músico que ha trasvasado las líneas que marcan épocas del tango, me dijo una vez, en medio de una de sus bravatas justificadas y ciertas, con el tono que absorbe quien sabe decir algo bien cierto: “nene, después de Horacio Salgán no pasó nada en el tango”.

Horacio Salgan es uno de los músicos más importantes que tenemos con vida y en actividad actualmente, si bien en 2003 se retiró de los escenarios de manera austera sin estridencias de ningún tipo, en consonancia con su forma recatada que mantuvo siempre, sigue su actividad de arreglador con un empuje pulcro y admirable. Este casi centenario músico forma parte de una conquista de la calidad cedida al lenguaje del tango como nadie ha logrado. Pianista finísimo de toque galante, no ha dejado nunca que su virtuosismo empañe una sola nota que promueve con su piano. Conocedor de las entrañas y vericuetos del Tango como pocos, es estandarte de una evolución interna del género que ha llegado a límites extraordinarios. Poseedor de un muy característico “Swing”, devenido quizás de su admiración por otras músicas, como el Jazz y los movimientos anteriores a la Bossa Nova, ha logrado con esa amplitud de mirada que suma otra característica más a su corolario de virtudes, una manera de entender y decir la rítmica del tango, fina, profunda y equilibrada.

Escucharlo debiera ser para una gran parte de nosotros una satisfactoria y deliciosa obligación

Sus arreglos para orquesta típica son de estirpe bailable (o mejor dicho pueden ser bailados) pero aún así conforman una de las páginas más brillantes del tango Argentino, por su complejidad, profundidad y conocimiento del estilo dentro del cual ha puesto una impronta dialéctica imposible de negar. La siempre justificada dificultad de sus partituras mandó más de una vez a estudiar a los virtuosos, Leopoldo Federico y Ernesto Baffa entre otros caros instrumentistas lo han manifestado en repetidas oportunidades. Su manera de armonizar de hacer valer los recursos Tanguisticos, de superponer las texturas, junto con intrincadas melodías, hace muchas veces que su música sea un terreno vedado para principiantes.

Defensor y promotor de un género dentro del tango del que se transformó en vanguardista y posterior celoso curador, es depositario en sus manos una gran parte de este lenguaje. Es, aunque parco en cantidad, un exquisito compositor, entre sus tangos más conocidos están: “A fuego lento”, “Grillito”, “La llamo silbando”, “Aquellos tangos camperos” y “Don Agustín Bardi” en todos convergen una suerte de moderna tradición, dicotomía reservada para pocos, sino para uno solo.

Cuenta con más de 400 arreglos de su pluma. Ha publicado un libro de gran valía, su “Curso de Tango” Editado en 2001, libro vital sobre todo debido a la poca presencia de bibliografía técnica para el Tango. Este es uno de los tantos actos generosos que pintan una personalidad que se mantiene con algarabía y lucidez a los 93 años. Aclamado y respetado por los músicos más reconocidos a nivel mundial, entre ellos el trompetista Winton Marsalis quien dijo: “lo quiero traer a Nueva Cork para que toque él. Yo solamente lo quiero ver en el escenario del lincoln Center haciendo su música. Amo lo que hace” con un camino recorrido así aún es dueño de una inagotable energía, brega por la transmisión del tango a los más jóvenes, con la paciencia y el amor propio de los grandes hombres. Confiesa tener una sola meta que es tocar el piano, y asegura querer con la humildad de un maestro “en lo posible tocarlo bien”.

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Oración desde el remanso

En unos cuantos años, cuando el tiempo curador infalible de todas las obras actúe, gozará del favor de ser anónimo. Saben los que de música popular hablan, de canciones que se cantan entre muchos, que prescindir de los derechos de autor y pasar a ser dominio de todos, es un privilegio discreto para pocos. Antes que el anonimato lo fagocite y cantemos sus versos enteros sin omisiones y con añadidos, sería prudente nombrarlo un poco más. Se trata de Jorge Fandermole, quien seguramente, tal como vaticinan muchos, tendrá el cumplido máximo de transformarse en nadie. Su obra, como su propiedad, tal vez no guardará importancia alguna, tal como lo aseguró Manolo Juárez prologando un disco del Kuchi Leguizamón certificando que las músicas del pianista de salta no le pertenecían, sino que ya formaban parte del cancionero latinoamericano. Las canciones maravillosas de Fandermole serán, si es que ya no lo son, propiedad del inmenso pueblo cantor que las entona de mil formas y maneras. ¿Cómo se consigue? Imposible saberlo, esa receta si es tal, solo está en posesión este hombre nacido en 1956 en Pueblo Andino, una localidad enclavada en el litoral de este país, tan rico en la relación con el río, temática frecuentada en toda su obra.

Todos hemos conocido a Fandermole, luego de haber escuchado sus versos en dicciones de otros artistas, de haberlos cantado sin saber más o de tocado ignorando su mentor, gloriosa manera de ser antecedido de semejante manera por su obra. Esta cualidad, que permite hacernos perder la necesidad de saber quien fue el responsable de hacer tal maraña de versos buenos, tiene además un mérito único en esa horrenda búsqueda del público que viven muchos, en pos de encontrar eso que logran las canciones de Fander: ser todo lo populares que se necesite siendo joyas literarias y musicales. Un mérito esperanzador ante tanta liviandad que pretende muchas veces lograr llenar las arcas con ventas de discos o entradas a conciertos.

Supo formar parte de la “Trova Rosarina” esa que fue comandada por Carlos Baglieto en los años ochenta, quien presentó al gran público a muchas de sus canciones, luego entre sus lanceros de lujo, el repertorio de Fandermole ha contado con un séquito de interpretes que aun en su genialidad no dieron en sobrepasar la pureza de los versos. Mercedes Sosa, Liliana Herrero, Silvina Garré, Silvia Iriondo, Juan Quintero, Luna Monti, Suna Rocha, Guadalupe Farias Gomez son algunos de los muchos jinetes que impulsan con su voz, versos montados al lomo de unas melodías tan definibles como personales. A esta hueste de magníficos decidores se le suman los miles de desconocidos, que detrás de cada guitarra en la viva voz de muchos entonan las estrofas llenas de río, amor y afirmaciones de tierras incendiadas, dónde solo queda cantar como última medida. Ser un anónimo será quizás el premio mayor a la vida otorgada a su música. Transcribo un de sus versos, que no firmaré, vaticinando que pronto serán poesías que todos conoceremos y nadie recordará quien las escribió.

Una y otra vez cruzábamos el alma en las esquinas.
Yo iba tras tus pies, sediento y agotado por la prisa.
Y en una calle, al sur de los secretos, un panal
nos vuelve a ver brillar como un lejano día.
Amor, te dije, volarás
alto y lejos desde donde no se gira
por no ver que lo que hay atrás
es arquitectura desvanecida.
Y algo de la luz de aquellos años
viene a redimirnos con sabor
de sangre de los ángeles que fuimos
cuando aún no podíamos morir.

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No es justo!

Quien agota la totalidad de un recurso y no deja nada para los demás, suele ser llamado “egoísta”, “déspota”, “nocivo”, en el más delicado de los casos “ruin”. Si alguien se queda para sí todo el espectro de producción de una disciplina, podemos culparlo de “monopolizar” tal actividad. Si alguien apareciera primero y último en la misma encuesta, lo tildaríamos de “corrupto”, “desquiciado” o “idiota”. A quien vive luego de extinto lo aclamamos “inmortal”. Y quien resulta más conocido que Cristo lo tildamos de blasfemo. Y si ese mismo colindara la perfección y refinamiento más agraciado en una actividad cualquiera, no dudaríamos tampoco en asegurar su acomodamiento con Satanás.

Todos estos seudónimos son perfectos para definir a los “Beatles” este grupo de cuatro ha revolucionado las matemáticas, las expectativas de vida, la teología y las esperanzas de los que como yo gritan a viva voz su indignación. Esta caterva de rufianes alentados por una década en la que aparentemente el caudal creativo fluía con mayor potencia que cuarenta años más tarde, se han dado el grandísimo lujo de agotar, más allá de lo que la modestia y la camaradería para con los demás músicos dicta, todas las posibilidades de simpleza musical y profundidad creativa disponibles. Estos cuatro geniecillos de Liverpool tomaron una centena de las mejores melodías que Euterpe tenía guardadas en su arcón personal y las dosificaron además, en el colmo del tupé, en una docena de discos grabados, cantados y tocados perfectamente. Con sus melodías indestructibles, que resisten imitaciones paupérrimas, caricaturescas, melosas y sus líneas de bajo que viajan por las frecuencias que oscilan menos,  las que por más que lo desee el arreglador de turno no puede torcer ni una nota sin cometer un crimen, una traición a si mismo, sus costumbres, su educación musical y hasta su buen gusto. Han agotado así un género que desde ellos se repite con un mareo desquiciado. Su presunta inmortalidad está latente en cada rincón del mundo dónde escuchamos sus discos y pensamos anticuados a los modernos de hoy.

La simpleza de sus líneas melódicas sorprende en la belleza que traen consigo, así como resulta gracioso por lo menos, saber que son votados recíprocamente como los autores de la canción más bella (“Yesterday” -1965) y la más espantosa (“Ob-La-Di, Ob-La-Da” -1968) por miles de oyentes. Y lograron también la herejía de convidar su obra a que fuera la meca de la cultura musical occidental, todos así al menos una vez deberemos escucharlos con atención y esmero, cual mandamiento divino, otra conversión más en pos de comprender como funciona esa estructura ya aparentemente caduca llamada “canción”. Todos los que estamos haciendo música a diario, sórdidamente en un recóndito retiro en nuestras habitaciones, agradecemos a Yoko Ono sembrar, tal como aseguran los biógrafos, la discordia entre ellos para que dividieran sus fuerzas y dejaran de producir. Realmente dudo que existan doce o quince canciones más, tan bellas, perfectas radiantes y lumínicas en el mundo para inundar otro disco de los “Beatles”.

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Cantora / Hay personas que todo lo abrazan

El crisol enorme de país que la visitó en su obituario, fue una muestra de lo vasto que es, holgura sonante en cuanto a diversidad de nuestra nación, esa misma tierra que la cantora vio por fotos desde su exilio allá muy al sur del mundo, la misma también que muchas veces ufana su anchura y no ve sus extremos adolescente de tan solo un par de siglos de vieja. Pero su canto fue tantísimo más fuerte de lo fuertes que hubieron de ser los puercos de la historia nuestra, los que nada han podido estropear en su despedida. Los más variados dogmas, ideologías, posturas estéticas, géneros musicales, fisonomías y clases sociales, desfilaron en una acongojada hilera de verdaderos estremecimientos, llantos y pesares. El llanto de todos fue entonces, el peregrino río salino que meciendo el enjambre de gentes dio un dolor igual a todos y cada uno.

El evidente pasar innmune de la muerte ante todo, seguramente ha titubeado ante esa certeza que muchos teníamos de no verla morir jamás. Y es ahora esa negación al oficio de la parca una realidad inmortal en la memoria y el imaginario de todos.

La cantora fue y es ahora tanto como antes, mucho más que una voz atiborrada de prodigio al lomo de un repertorio estupendo. Es el sentir en versos de una sinceridad que deberíamos obligarnos a  no olvidar nunca.

Fue su último acto, quizás su deseo más batallado, el mismo que le supo costar la triste lejanía de su patria: juntarnos a todos en torno de si, cual si su cuerpo fuera el terruño Argentino que siempre pelea consigo mismo y pocas veces ve la palabra certera en el canto justo. Reunirnos todos. Eso solo lo lograría alguien hermoso en el más sublime, noble y perfecto sentido de la palabra.

Más allá del amargo gusto en el corazón que nos depositará su ausencia, de la insistente sensación de injusticia repetida, quedamos así todo con la esperanza, a la vista de la vasta despedida brindada, de creer que aún todos podremos ser uno y todos un montón de unos que cantemos a viva voz y agradezcamos la vida, por su “gracias a la vida” que será de su potestad y de nadie más. Nos regalo además la oportunidad que logramos aprovechar, de una gran y correspondida despedida, que en ocasiones anteriores ocultamos con indiferencia y mutismo, y dimos así la muestra de haber aprendido algo.

Esparcirán sus cenizas por tan solo una parte del país, pero los vientos naturales la volverán a situar en cada rincón florido de este costado del mundo. La memoria a veces frágil y vidriosa de los argentinos, no será esta vez enmascarada por otro recuerdo más reciente, el fuego del amor y el compromiso dan la marca indeleble y sabremos que mientras uno solo de nosotros cante y de gracias a la sabia subsistencia diaria, será la cantora la voz de esta tierra.

“Gracias Negra”

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Astor Piazzolla: La música al límite

Un cuatro de julio de 1992, casualmente un día como hoy, fallecía a los 71 años Astor Pantaleón Piazzolla, músico indefinible que define una de las partes más recientes  de la historia del tango. Bandoneonísta de variopinta vida y osado lápiz, supo imponerle todos los visos de modernidad a un género, que esperaría a su muerte para admitirle ese hálito de viento fresco, temerario y audaz, soplo sobre el cual, nuestro tango y su “música de buenos Aires” daría en sus manos otra vuelta más al mundo. Prolífico y permisivo con su arte, dejó a su música libre de la más hermosa manera y sabiendo que una vez en vuelo alcanzaría cualquier capricho estético. Todos estos antojos estéticos fueron entrelazados con la fuerza desgarradora de sus punzantes frases y sus encantadoras síncopas.

Los grandes transgresores tienen una mágica aptitud para contraer lazos de sangre con las historias que intentarán cambiar luego, Astor no fue la excepción: a los 14 años viviendo en Nueva York con sus padres, conoce a Carlos Gardel, quien al haber culminado con el rodaje de la película “El día que me quieras” (en la que Astor participa como actor infantil) ofrece un asado para los Argentinos y Uruguayos que vivían allí, debido al mal estado del piano del lugar, debió acompañar al zorzal sin más que su fuelle, en un repertorio que recorría las canciones del filme, esa fue según él su primera incursión dentro del tango. Más tarde en 1937, radicado en Argentina, integra la orquesta de Anibal Troilo “el bandoneón mayor de buenos aires” con quien graba mucho después en 1945 un dúo de bandoneónes, regenerando quizás la primera experiencia tanguera de Astor, graban “Volver” de Gardel y Le Pera.

Sus amistades, al igual que sus acérrimos enemigos, midieron el talante y la valía de sus pensamientos, fue respetado por músicos de la más íntima tradición tanguera como Osvaldo Pugliese y jazzistas como Gerry Mulligan, en firme contacto con las ideas de su tiempo entablo estrechas relaciones con Ernesto Sábato y Jorge Luís Borges. Grabó decenas de intempestivos discos, de una asombrosa variedad artística, pero trasvasados todos ellos por una línea purificadora total, que no cesaba nunca de madurar un lenguaje cuyo único pecado pudo ser cerrarse sobre si mismo.

Todo lo que se diga de Astor es poco, aunque seguramente ni siquiera la magnificación de su mito, podrá estar a la altura de tanta verdad en su música. Si el tango argentino desapareciera, la música de Astor Piazzolla sería un género propio, con sus reglas, mitos y tabúes. Podríamos asegurar que más que revolucionar, reinventó el estilo, con un punto de vista privilegiado y notable. Llevando a esa “música de Buenos Aires” como él la solía llamar, a ser una manifestación tan cosmopolita como lo puede ser una razón humana.

Un cuatro de julio de 1992, casualmente un día como hoy, fallecía a los 71 años Astor Pantaleón Piazzolla, la indolencia propia de una década plástica le impuso esa póstuma descortesía, sumiendo su deceso en una apatía que nada que ver tenía con sus humores. Pero tanta música sigue aún despertando sus más grandes carcajadas, sigue estimulando admiraciones, alegrías, controversias y lágrimas.

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